Podría llamarte el amor de mi vida.
Y que genuinamente estés en tu derecho de no creer lo que digo.
Porque el amor de la vida no existe.
Y no estoy siendo una escéptica compulsiva ni tampoco negativa de esas pelotudeces que inventamos (y creemos). Es la pura verdad.
Uno puede creer, durante una temporada (quizás larga) de su vida que tal o cual es el amor de su vida. Eso sí. Pero de esa creencia a algo real hay años luz de distancia. Está el lenguaje en el medio.
Yo puedo decir espalda, por ejemplo.
Y pensar en la tuya.
Y quizás sea culpa de tu espalda que yo crea que sos el amor de mi vida. O al menos por un tiempo el amor de mi vida.
Puedo pensar en tu sexo. En la forma que se arquea tu columna cuando llegás ahí. En la forma que hacés arquear la mía cuando llego ahí, por ejemplo
Hoy escuché que hay dos cosas en la vida. El sexo hermoso, salvaje, juguetón y compartido. Y la muerte, la terrible muerte, la nada.
Creo que se le podría agregar que en el medio de ambos está el lenguaje. El vos y el yo, que en sí, no son nada. Pero juntos… Ay! Juntos. Bueno, pueden ser muchas cosas. Aquí el vos es ficticio, porque no existís, te estoy inventando. Y ahora quien lee piensa: ¿Y entonces quien es el que arquea la espalda? Eso es lenguaje. Que nadie pueda saber si esto que aquí escribo tiene algo de verdad, salvo mi antojo por escribir algo. Que sucede a menudo.
Una amiga me preguntó una vez, en joda, cuál era el sentido de la vida. Mi respuesta instantánea fue: coger. No me tomen a mal. No soy sexópata, ni ninfómana, ni nada de eso. Inclusive tengo menos sexo del que querría (no, gracias, no busco voluntarios).
Pero quizás, más allá de broma, sea un poco cierto que no hay mucho más. El sexo es básico, es instintual. Y está por fuera del lenguaje. Hay cosas que suceden allí, en ese acto, que no podemos nombrar. Como la muerte. No hay nada de la muerte que podamos nombrar, salvo esto que digo aquí mismo: la muerte, la nada. A eso quería llegar, después de este mamotreto de texto.
No he encontrado nada, hasta ahora, que esté por fuera del lenguaje, excepto el sexo y la muerte. Absolutos e infinitos ambos.
En fin.
El sexo, la muerte y la palabra.
Nada más.